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Comportamiento paranoide

comportamiento paranoideLa estructura de personalidad paranoide acaba por construir en sus relaciones interpersonales la misma realidad que tanto teme.

La pareja de un/a paranoide, por ejemplo, suele soportar con impotencia el control, la vigilancia y las acusaciones (implícitas o explícitas) de infidelidad consumada o en grado de tentativa. Pero, ¿Cómo convencer al otro de las buenas intenciones? ¿Cómo aportar las pruebas de inocencia sobre un delito que aún no se ha cometido?

El paranoide, además, al reclamar lealtad sin ofrecer confianza, inscribe al otro en una paradoja. El otro queda bloqueado. No puede hacer nada, si acaso, gestionar como puede la desconfirmación personal que genera el mensaje lanzado; “tu no eres confiable” lo cual es francamente difícil de aceptar, porque devuelve una imagen personal inaceptable, ya que, si alguien no es de confianza, No es nada.

La confianza es el primer cimiento sobre el que se asienta toda construcción relacional. Los padres dan a sus hijos confianza y ellos les devuelven lealtad. Al soldado se le presupone el valor cuando se le recluta. La mayoría de las personas, primero ofrecen la confianza y luego comprueban la lealtad, pero la psicología paranoide no funciona de esta manera.

El problema es que la desconfianza genera desconfianza, y constituye un territorio de aislamiento, que en principio, al individuo paranoide le reporta un lugar seguro. Estamos, al mismo tiempo, ante el problema y la solución. La mayoría de estas personas no soporta bien la intimidad, pues la viven como una amenaza, al tiempo que tampoco aceptan la soledad. Entonces se produce agresión cuando el otro se distancia y agresión cuando se aleja. No dejan mucha salida.

La experiencia de vincularse con una personalidad paranoica es compleja. Por una parte pueden coexistir sentimientos de lástima, necesidad de reconocimiento y deseos de reparación (“yo te salvaré de tu cárcel…te enseñaré a confiar…conmigo confiarás”) y por otra, la persona suele conducirse con temor en la relación, como andando con los pies de plomo, puesto que para la psicología paranoide, nadie es inocente hasta que no se demuestre lo contrario.

Las emociones que produce el comportamiento paranoide provoca unas respuestas que acaban por construir una realidad relacional donde se cumple la profecía maldita, que reivindica su creencia de que el otro es peligroso, agresivo y abandónico.

La desconfianza crónica de esta estructura de carácter suele conducir al aislamiento, y este, a su vez, produce un contexto de desinformación que no ayuda a frenar las rumiaciones mentales de supuestas tramas maquinadas.

Otra consecuencia del aislamiento es el déficit de aprendizaje. El universo emocional y motivacional se valida con el otro. No es infrecuente, por tanto, encontrar en esta estructura de personalidad una congelación en el tiempo de su maduración emocional, que se observa en la dificultad para identificarse con el otro y en la constante necesidad de usar el mecanismo de la proyección como defensa.

El problema de la estructura paranoide es que su historia relacional suele tener siempre un final muy parecido, que dificulta la construcción de los vínculos afectivos necesarios para reparar la idea maldita del mundo que un día la experiencia le demostró ser cierta.





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